24 octubre 2014

Los otros 48

ALERTA SPOILERS:  No es que vayan a desvelarse grandes cosas del inicio de la segunda temporada de "Los 100", pero si no habéis visto ese homenaje a "El planeta de los simios", y no queréis saber en qué se parece a "Perdidos", no sigáis leyendo.

“Los 100” fue, el año pasado, el equivalente a un equipo del que se espera que descienda y, en su lugar, se clasifica para la Liga de Campeones. Fue el Alavés de aquella final europea contra el Liverpool, o los Phoenix Suns de la temporada pasada en la NBA; un equipo al que las previsiones pintaban más preocupado por el draft del verano, y que acabó a las puertas de los ‘Playoffs’. Como estos ejemplos, de esta serie no se esperaba gran cosa más allá de lo que prometía su premisa de adolescentes dejados a su suerte en una Tierra post-holocausto nuclear, y que se emitiera en The CW. Sin embargo, esta cadena ha demostrado en los últimos tres años, o así, que no hay que descartarla tan fácilmente porque a veces tiene programas más interesantes que el resto de networks y, en concreto, parece haberse quedado la exclusiva en cuanto a historias de ciencia ficción, y de superhéroes, que merecen la pena.

Lo que hace destacar a “Los 100” es su voluntad por explorar todas las consecuencias de su premisa. Dentro de lo que cabe, no tiene miedo por cambiar el estatus quo de la serie o de seguir hasta el final líneas argumentales de las que otras series se apartarían enseguida, y el arranque de su segunda temporada acarrea, además, una ampliación de su mundo que no sólo le va a venir muy bien, sino que ha acrecentado todavía más sus parecidos con “Perdidos”. Los habitantes de Mount Weather parecen los Otros, pero los Otros del pueblecito en medio de la selva y de la encarcelación de Jack, Kate y Sawyer, no de los “salvajes” que se dedican a secuestrar gente en mitad de la noche. Si Clarke se hubiera despertado en su cuarto aséptico a los sones de “Make your own kind of music” o “Downtown”, nadie se habría sorprendido. Porque es muy cierto que “Los 100” lleva en su ADN rastros de muchas otras series, siendo “Battlestar Galactica” una de las más claras, y las escenas de Mount Weather y su presidente con Clarke pueden recordar un poco a “Los juegos del hambre” (y al Distrito 13), pero se queda con lo mejor de todas ellas.

La situación de la nueva temporada, como decimos, abre mucho más el campo de la serie. Los habitantes del Arca desconocen que la Tierra es bastante más compleja de lo que ellos pensaban, que la situación en ella va más allá de si es habitable (y si se puede sobrevivir en ella). Las facciones de los Terrestres apenas empezaron a ser exploradas la temporada pasada (incluidos esos Reavers tan de “Firefly”), y ahora vemos que, además, hay un grupo de ellos que sí se vio severamente afectado por la radiación. El modo en el que los Terrestres entren en juego en los próximos episodios va a ser muy interesante de ver, especialmente con la gente del Arca tomando el mando y descartando a los supervivientes de los 100 como chavales que no saben lo que hacen. Van a llevarse más de una sorpresa desagradable.

Mientras descubrimos qué pasa con ese cliffhanger inesperado con Jaha, lo que sí apunta a continuar siendo uno de los puntos fuertes de “Los 100” es el retrato de Clarke, su heroína. En los primeros capítulos tuvo que aprender a ser una líder un poco a regañadientes, y siempre debatiéndose entre lo que es mejor para el grupo y lo éticamente aceptable (que no siempre iban de la mano), y su cambio de situación va a llevar al extremo la evolución que vivió el año pasado. Como le pasa a ella, a mí también me huele un poco a chamusquina todo el tinglado de Mount Weather, pero habrá que ver si tiene razón o si, por el contrario, está un poco paranoica de más. Pero esta serie ha mostrado varias veces hasta dónde puede estar dispuesto a llegar un grupo por sobrevivir. ¿Hasta dónde llegará Clarke por garantizar la seguridad de sus amigos?

23 octubre 2014

HBO contra Netflix

En su libro “Therevolution was televised”, el crítico de televisión Alan Sepinwall describe el ambiente que había al principio de los 2000, en los canales de cable estadounidenses, como el Salvaje Oeste. No lo hace él directamente, sino a través de las declaraciones de guionistas que trabajaron entonces en “Oz” y “Los Soprano” en HBO, o en “Mad Men” en AMC, hasta en “Buffy, cazavampiros” en The WB. Todos esos canales estaban abiertos a voces originales y proyectos personales porque estaban construyendo su imagen de marca, o se encontraban en una situación tan desesperada, que estaban dispuestas a probar lo que fuera para salir de ella (y, aun así, el ejecutivo de ABC que dio luz verde a “Perdidos” fue despedido antes de que se estrenara la serie). Todos coinciden en señalar que, como contaba “Deadwood”, las “leyes” se iban haciendo sobre la marcha y que todos querían explorar ese Oeste de la ficción de la producción propia.

Después, una vez que las cadenas encontraron éxitos que establecieron su posición en el mercado, se volvieron más conservadoras. Tenían que proteger su imagen de marca, tenían mucho más que perder que antes, así que fueron evolucionando lentamente hacia algo que, empresarialmente, no se diferencia demasiado de las grandes networks. Sin embargo, en Hollywood, el éxito siempre llama a que alguien intente emularlo. Si este año todos los equipos de la NBA quieren utilizar el ataque basado en el movimiento incansable del balón de los vigentes campeones, los Spurs, en la industria televisiva siempre hay actores que quieren imitar a HBO. Starz hasta contrató al ejecutivo que puso en pie las series de ese canal, Chris Albrecht (y que fue despedido después de un escándalo de violencia doméstica y alcoholismo que podría haber sido una trama de “Entourage” sin problemas), para hacerse notar en el cada vez más competitivo mundo de las cadenas con ficción original.

FX, Showtime, AMC… Todas fueron pasando por su momento de “yo también quiero hacer series como HBO”, cada una con sus propias idiosincrasias y su propia imagen, pero ningún caso ha habido que se haya visto como una verdadera revolución, tal y como se vio la entrada de HBO en la arena de las series de producción propia, como el de Netflix. El videoclub por correo fue mutando a un servicio online de vídeo bajo demanda, y las necesidades obligadas por las mayores complicaciones que tenía para asegurarse los catálogos de películas y series de determinados estudios le llevó a producir sus propios títulos. El Salvaje Oeste se ha trasladado a Internet, a las plataformas de streaming, que tienen a la compañía de Ted Sarandos, y no a HBO, como su faro. Con “House of Cards” y “Orange is the new black”, y su método de emisión favoreciendo el maratón de capítulos, Netflix entró en Hollywood como un elefante en una cacharrería, pero conforme se vaya haciendo más grande no sólo tendrá más competidores, sino que irá volviéndose más conservadora.

Por ahí es por dónde pueden colarse Amazon (que ha logrado con “Transparent” su propio “Mad Men”) y Yahoo, pero en el negocio del VOD no sólo entran en juego los títulos originales y exclusivos, sino también la explotación por Internet. Cuando Netflix empezó a producir series, su modelo era HBO, y también era su objetivo; querían superarlos en número de suscriptores (en julio tenían ya 50 millones distribuidos en 40 países), y su éxito ha llevado no sólo a que sitios como Amazon o Sony, a través de PlayStation Plus, se suban al carro, sino a que la propia HBO entre en un juego en el que, hasta ahora, había dicho que no iba a meterse. La apertura de HBO Go, su servicio de streaming, a cualquier suscriptor, sin necesidad de que esté previamente abonado al canal por cable, la sitúa cara a cara con el gigante del VOD. La vieja petición de bastantes espectadores (aquel ya famoso “Take my money HBO”) se hace realidad y recrudece la competencia entre los proveedores de contenidos televisivos. El mercado en Estados Unidos se fragmenta todavía más y se mueve más lejos de lo que se conoce como televisión tradicionalmente. Todo el mundo quiere monetizar sus productos a través de su propio servicio de VOD (como CBS, que tiene también un acuerdo con Amazon), y ya no es nada extraño que los derechos de sindicación de una serie se vayan antes a Hulu que a un canal de cable básico. La industria está cambiando. A qué, nadie lo tiene muy claro.

22 octubre 2014

El deseo tiene dos caras

Táctica Rashomon: dícese de la película, o serie, que cuenta un mismo hecho desde varios puntos de vista diferentes. El nombre viene de una película de Akira Kurosawa, y esta táctica se ha utilizado en bastantes obras audiovisuales desde entonces, muchas veces relacionadas con algún crimen. En televisión, por ejemplo, hay un episodio de “CSI” en el que varios de los personajes recuerdan su entrada en la escena de un crimen que juega, además, con las diferentes maneras de ver el mundo de cada uno de ellos para sacar unos cuantos chistes a su costa. El ejemplo de “Rashomon” vuelve a utilizarse en uno de los estrenos de este otoño, “The affair”, una serie que, con sólo dos episodios emitidos hasta ahora, apunta a ser bastante más que aquella sinopsis de “un adulterio contado desde los puntos de vista del hombre y la mujer que lo cometen”. Pero no puede contarse demasiado de por qué, ya que la gracia está en ir descubriéndolo por nosotros mismos.

El tráiler ya desvelaba que la ventana a los recuerdos de Noah y Alison nos llega a través de unas entrevistas con alguien a quien, en un principio, no vemos (pero del que puede sospecharse con rapidez a qué se dedica), y apuntaba también a que había algún tipo de misterio, o de interrogante sin resolver, que motivaba que ambos contaran la historia de la relación que mantuvieron un verano en Montauk, un popular lugar de vacaciones para surferos y neoyorquinos con posibles que prefieren un ambiente más relajado que el de los Hamptons. De momento, no se especifica cuándo tuvo lugar esa relación, que se desarrolló a espaldas de sus respectivos cónyuges, pero sí parece que han pasado años, y el paso del tiempo colorea el modo en el que ambos recuerdan aquellos días. El paso del tiempo y sus propias emociones, por supuesto, porque de eso va “The affair”, de cómo nuestros recuerdos no pueden tomarse por hechos irrefutables porque cada uno nos acordamos del mismo hecho de manera diferente.

La serie, por ahora, está resultando muy interesante e intrigante. Sus dos protagonistas (fantásticamente interpretados por Dominic West y Ruth Wilson, que son curiosamente dos ingleses haciéndose pasar por americanos) tienen muchas más capas de las que parecen a simple vista, y ni siquiera podemos fiarnos de ellos para hacernos una idea de cómo son. Las primeras impresiones de uno y otra no fueron iguales, y los puntos vitales en los que se encontraban en aquel momento tampoco lo eran. Noah acababa de publicar un libro y estaba feliz con su mujer y sus cuatro hijos; Alison y su marido atravesaban una época un poco más complicada. Contar algo más es estropear lo que hace que “The affair” merezca la pena. La información se dosifica de un modo que siempre nos va desvelando cosas nuevas de sus personajes, y que busca también engancharnos, claro. Esto no es “How to get away with murder” y su doble narración temporal  con giros a lo “Scandal”, o la narración hacia atrás de los flashforwards de “Damages”; “The affair” es más contemplativa, teje una atmósfera en la que siempre da la sensación de que los personajes ocultan cosas, de que detrás de ellos hay algo más de lo que dejan ver, aunque sea algo inofensivo.

En la serie se notan trazas de los dos trabajos previos de su co-creadora, Sarah Treem, en “In treatment” y “House of Cards”. Su colaborador es el guionista Hagai Levi, que también escribió para la serie HBO y que creó el original israelí en el que se basaba, y entre sus productores ejecutivos figura Eric Overmyer, colaborador de David Simon en “The Wire” y “Treme”. Todos ellos entrelazan ese interrogante, que no empieza a vislumbrarse hasta el segundo capítulo, con la relación entre Noah y Alison, cómo afecta al resto de sus vidas y, sobre todo, cómo la recuerdan, o cómo han elegido recordarla. Las diferencias entre sus memorias pueden ser nimias, como qué tipo de peinado llevaba ella la primera vez que se vieron, a dos conversaciones muy diferentes que acaban en su primer beso. La dicotomía entre sus recuerdos, y cómo esas diferencias construyen a los personajes, es de lo más interesante de “The affair”. Eso y dejarse llevar por su propuesta.